domingo, 14 de octubre de 2018

PARÍS

Toda gran leyenda tiene un pequeño comienzo, este es el mío…

Todo empezó en París en un viaje de fin de curso en el que nos encontrábamos mi hermano Sam y yo. Estábamos hablando sobre lo raro que era aquel hombre del avión, tenía cara de asesino y estaba realmente fuerte y asquerosamente lleno de tatuajes. Su único equipaje era una bolsa de color negra y azul.


Mientras nuestros compañeros charlaban, nosotros contemplábamos la ciudad por la ventana del autobús. Especialmente nos fijamos en el museo del Louvre:
-Eh, ¿has visto el museo?-le pregunté
-Tiene buena pinta, ¿crees que estará en la ruta?-dijo Sam
-No se, voy a preguntar-respondí
Me levanté y fui a preguntarle a la señorita:
-Profesora Bécquer, ¿está el museo del Louvre en nuestra ruta?-solté
-Lo siento pero no, ahora siéntate que estamos a punto de llegar.-reprochó ella.
Al decirle que no, Sam  rápidamente empezó a buscar una ruta para llegar desde el hotel.
Justo cuando Sam iba a decir algo Víctor me lanzó un vaso de agua
-Me cago en tu…-contesté alzando el puño
-Para-dijo Sam viendo mis intenciones.
-¿Qué haces? Le podría haber partido la cara- le reproché
-Tranquilo, el que rie último, rie mejor- me respondió
Unos minutos después el autobús se paró, y empezamos a bajarnos del mismo.


Una vez dentro del hotel, la profesora hizo los emparejamientos para dormir en la habitaciones:
-Jorge Parra con Víctor García- soltó la maestra
Pero que, no era justo, me había tocado con el más tonto de la clase si no lo era de instituto entero.


Una vez deshechas las maletas fuimos a cenar.
Yo tomé un plato de pasta y un zumo de naranja para beber. De postre disfruté de una jugosa manzana. La cena fue muy rápida y silenciosa ya que estábamos agotados de este largo viaje, y queríamos descansar en las habitaciones.


Cuando acabamos, Sam y yo planteamos la salida del hotel, pero la profesora nos obligó a irnos a dormir.
Afortunadamente Víctor se durmió rápido y pude pensar tranquilo en lo que nos depararía el museo, cuando alguien tocó la puerta.
-Joder, quién será a estas horas-dije cabreado
-Soy yo, deja de refunfuñar y vamos al museo- susurro Sam
No fue difícil ya que el recepcionista estaba distraído hablando con una mujer muy gritona.


Una vez fuera, Sam nos guió al museo, que durante una semana iba a abrir veinticuatro horas y solo por veinte euros.
-Por fin estamos dentro-dije alegre
-No cantes victoria hay que encontrarlo-dijo Sam con tono elevado
-Ni siquiera sabemos exactamente lo que buscamos-le recordé
-Cuando lo encontremos sabremos que es el correcto-inspiró él
Nos dispusimos a la sección de antigüedades:
Mientras Sam estaba buscando el objeto, yo me fijé en la única persona que había en el museo en estos momentos, era aquel hombre del que nos reíamos en el avión, que raro.


-Eh, ven aquí-me dijo
-¿Qué pasa?-pregunté
-Mira esto-señaló
-Es un crucifijo-
-No, es la cruz de Dimas, el ladrón crucificado al lado de Jesús-
-Ese símbolo, no es de la época…-


PUM, aquel hombre rompió el cristal, cogió la cruz y salió corriendo.
En mitad del pasillo se chocó con un estante y rompió la cruz, pero ni siquiera se fijó, solo la cogió y se fue corriendo.
Se le había caído un papel de la cruz, sin pensar la cogí y lo guardé.
Varios segundos después empezó a sonar la alarma y llegó la policía.
Tras un breve registro y una pocas preguntas nos dejaron marchar.
Y para aliviar las molestias nos llevaron al hotel. En el trayecto nos miramos un par de veces pero sin abrir la boca.


Silenciosamente entramos en las habitaciones y decidimos seguir hablando mañana. Yo me dormí pensando en el papel, no había tenido oportunidad ni de leerlo.

Unas horas después sonó el despertador, eran las siete, un poco pronto no creen.
-Grrrrrrrrrrrrrr- ronquidos de Víctor
-¿Cómo puede estar durmiendo después de sonar el despertador?-
Me dí una ducha rápida y bajé a desayunar donde me encontré con Pablo, el compañero de habitación de Sam:
-Ey Jorge, ¿qué tal has dormido?-me preguntó
-Te lo ha contado Sam, ¿verdad?- aventuré
-Exacto, solo quiero ayudar, siempre me han encantado las aventuras- dijo él
-Buenos días chicos.
¿Qué tal si vemos eso que encontraste?-llegó Sam
-Vale- afirmé tranquilo
La escritura hablaba de un tesoro con inmensas riquezas, joyas, y coronas.
También decía que para empezar la búsqueda debíamos ir al Caribe.


-Firmado, Henry Morgan- terminé
-Esto es muy grande, seremos héroes...- dijo Pablo
-Espera un momento, si ese hombre buscaba esa escritura, a lo mejor hay otros tíos como él buscando esto. Es muy peligroso- le cortó Sam
-A ver, está claro que es algo peligroso, pero creo si nos esforzamos con un poco de suerte podemos sacar algo bueno de esto-aclaré yo
-Bueno, y por dónde empezamos-comentó Pablo
-¿Qué tal, por preguntar a un adulto?-aclaró Sam


En ese momento entró Marco, el profesor de gimnasia, el único que no inponía castigos, ni amenazaba con suspender:
-Que buen día hace hoy, perfecto para hacer deporte.
Desayunar bien que hoy os espera un largo día de visitas y caminatas.-
-Buenos días profesor- saludamos los tres
Profesor, ¿hoy nos guiará usted en la ruta?- preguntó un compañero
-Sí, por desgracia la señorita Becquer está enferma, y hasta el miércoles no podrá atendernos-respondió él


¿Por desgracia? Era la mejor noticia que podríamos oír, la señorita Becquer, es muy estricta, mala y enormemente aterradora, justo lo contrario que el profesor Marco.

Tras unos minutos después de desayunar, llegó el autobús, y todos nos subimos en fila como hacíamos siempre.

EL ICEBERG


Al acabar de desayunar empezó la tragedia, el barco se estaba precipitando hacia un enorme iceberg.
Cuando los pasajeros se fueron enterando empezó a cundir el pánico.
Cada vez estábamos  más cerca del iceberg, el capitán intentó calmarnos sin éxito.
Mientras que yo gritaba de terror nos estrellamos contra el iceberg que nos causó unas pequeñas
grietas comparadas con el tamaño del barco. Al poco tiempo el barco empezó a hundirse.

EL FIN

Hace mucho tiempo en el lejano espacio, en un sitio húmedo y triste, a donde no
llegaba la luz de las estrellas, había un planeta tenebroso que flotaba solitario. Los
habitantes del planeta, tan oscuros como su hogar, observaban el espacio. ¿Soñaban
despiertos? ¡No! ¡Buscaban un nuevo hogar! ¡Un planeta donde mudarse! Por fin
localizaron su objetivo. Un mundo lejano, rebosante de belleza y paz, el planeta
Tierra…